
Viajar a Filipinas es aceptar una forma de comportarse que ellos reflejan en su popular dicho “Bahala Na”, que se traduce en algo así como “será lo que Dios quiera” …


Te maravillan sus impenetrables junglas de bananos y cocoteros, sus brillantes campos de arroz,


que continuamente salpican el paisaje con sus tonos verdes o dorados, sus voraces volcanes como rubíes encendidos en el cinturón de fuego del Pacífico, sus innumerables atolones coralinos rebosantes de vida y colores que me hicieron llorar de felicidad y agradecimiento ante la belleza que contemplaba, mientras se me escapaban del corazón a través de mis labios, sin pensarlo, repetidas gracias, y mis ojos dejaban escapar lágrimas al mar que me envolvía.

También me cautivó la alegría de su población, a pesar de su dicho fatalista, pues es serena, trabajadora y diversa, y abarrota sus pueblos, zonas rurales y ciudades, haciéndote sentir que estás en uno de los mejores lugares del mundo en que te puedas encontrar.

Efímero, todo esto es efímero: estas preciosas 7107 islas (más o menos, dicen ellos, según la altura de las mareas) están sometidas a unas inclemencias naturales tan amenazantes como desastrosas, que han inculcado en los habitantes este sentimiento de saber que nada es permanente, y en su maravillosa filosofía diaria, que todo lo que tenga que pasar, pasará: aunque acumules riqueza, posesiones y estabilidad material y social, todo desaparecerá en un instante con la erupción de un volcán, con un tsunami, un terremoto, un ciclón o huracán… desastres naturales que en otras partes del mundo casi no llegamos ni a imaginar.

Y es así como las apacibles poblaciones se pueden encontrar un día cubiertas de ceniza, con sus moradores desplazados, o con sus bellísimos arrecifes de coral arrasados por las olas gigantescas de un tsunami, o tal vez un huracán reduce a astillas los grandes árboles de su jungla como si fueran simples espigas que el lodo del ciclón tropical o bagyo luego arrastra ladera abajo, o como esas mismas lluvias monzónicas arrasan sus campos de arroz, dejando sin sustento a miles de familias y echado a perder meses de agotador trabajo.

Reflexionando todo esto me encuentro en un yipny –uno de esos vehículos híbridos imposibles que se inventan en este país, con cara de jeep y cuerpo de camioneta de transporte de mercancías-, apretujado entre 20 ó 30 personas de caras felices, sonrientes o indulgentes, que no tienen ningún problema en acercarse tanto a ti que parece que se vayan a subir sobre tus rodillas, sin ningún rubor, sin reparos: ¡vamos en la misma dirección y este viaje es nuestro vínculo, somos momentáneamente almas gemelas en este camino que hacemos juntos!

Después de compartir muchas horas en yipnis, autobuses, tuc-tucs, motos y otros medios de transporte, ya que todo lo que tiene ruedas y se mueve, aquí es considerado transporte, enracimado entre los filipinos, recorriendo miles de kilómetros, te das cuenta de que la esencia de viajar –y tal vez de vivir- es eso, ser una pequeña parte de un todo; no estás solo y te sientes bien, empatizando con ellos y formando parte de unos instantes de sus vidas…

Como de costumbre, no opté por un viaje turístico y aislado en Filipinas. Mi idea no era sólo recorrer playas hermosas ni resorts espectaculares, contratando servicios exclusivos para turistas.


Fui a Filipinas buscando a su población para aprender algo y entender su forma de vida y su cultura, viviendo y viajando con ellos, encontrando por casualidad pequeñas playas con encantadores atolones de coral que nadie había publicitado, busqué subir laderas de

volcanes en los que no había peligro de erupción, recorrí ríos, grutas y cataratas de gran belleza…


También me gustó su gastronomía, rica y variada, aunque no tenga fama internacional; me sentí avergonzado por sólo pagar 2 ó 3 euros por una suculenta comida en cualquier eatery o taberna sencilla, sintiéndome tratado como uno más del pueblo o del barrio.

Me encantó ir a playas, ríos o cascadas donde los filipinos acuden con toda la familia y se llevan toda la comida y bebida con ellos: su distracción favorita es comer; tanto niños como ancianos participan en esta relación, en un día feliz y ruidoso. Es un momento en el que sólo con que te acerques y les sonrías, te invitarán a compartir con ellos todo lo que tienen, ¡eres su invitado sonriente!

Y poco más hace falta para regresar a la vida cotidiana con las pilas cargadas, el cuerpo descontaminado de la prisa y el alma serena.

No obstante, paso a detallaros algunos lugares de mi recorrido, por si pasáis por este país.
No os recomiendo empezar por Manila, dejadlo para el final ya que el contraste con el resto del país es espectacular. Pero visitadla también, aunque digan que no merece la pena, hay bastante por descubrir en dos o tres días.
· Lugares de interés:

– Pagsanjan: remontar el río escenario de la mítica película de Francis Ford Coppola Apocalypse Now, desde el pueblo hasta la catarata.
– Cavinti: grutas y cuevas, y un río subterráneo.
– Monte Banahan de Luchan.

– Parque Natural Monte Isarog, desde Naga: senderismo y cataratas termales.
– Monte Mayón, un volcán activo: senderismo desde Legazpi, cuando esté autorizado hacerlo.

– Donsol: avistamiento en un entorno natural de tiburones ballena y arrecifes de coral.
– Tacloban: cuevas de Soboton, subiendo el río en barco, visitando las cuevas, kayak y senderismo.

– Isla de Camiguín: arrecifes de coral, senderismo, cataratas y volcanes.


– Isla de Bohol: una de las más turísticas entre las menos conocidas como Cebú o Palawan.

Visitamos las colinas de chocolate, arrecifes de coral, río Loboc, península de Anda.





