Vuestros relatos

A bordo de un crucero
Verónica de Andrea
Navegar con sus palabras
Hay viajes que no empiezan en una estación de tren ni en la terminal de un aeropuerto. Los míos comenzaban siempre los domingos, cuando íbamos a almorzar a la casa de Oscar, mi suegro. Sentado a la cabecera de la mesa de su comedor, bastaba con una pregunta para que sus ojos cambiaran de brillo y se fijaran en un punto invisible en la lejanía. Marinero de profesión y de alma, con su voz yo comenzaba a cruzar mares que solo conocía por los atlas.
Narraba sus viajes a bordo en la elegante Fragata Libertad, ese palacio flotante con el que surcó los océanos con el viento como único motor, llevando el orgullo del país a sitios lejanos, donde la gente contemplaba fascinada sus imponentes velas blancas. Hablaba de aquellos días con una sonrisa de navegante clásico, casi romántico. Pero su mirada cambiaba por completo cuando el relato viraba hacia el sur, a bordo del buque polar Bahía Paraíso. Allí la nostalgia daba paso a un silencioso misticismo. Relataba acerca del crujido del casco al impactar con los bloques de hielo en la Antártida, del frío cortante que calaba los huesos en la cubierta y del oleaje salvaje del Atlántico Sur. El mismo hombre que solía saludar en los puertos más lujosos del planeta había desafiado también el desierto blanco, el aislamiento absoluto y la belleza hostil del fin del mundo.
A través de sus relatos yo me transformaba en una polizona, desembarcando en un muelle europeo, envuelto en una densa neblina y gastado por los siglos de amarras. En un pestañeo me trasladaba al calor sofocante del Caribe, donde el aire se volvía espeso, húmedo y caluroso bajo un sol que encendía el horizonte. O me perdía en un puerto caótico de Asia, respirando ese inconfundible aroma a especias desconocidas y a pescado ahumado que flotaba entre las barcazas.
Mientras su voz hilaba los rumbos, yo soñaba una y mil veces con pasar mis días en un barco. Durante años, mi océano fue solo el reflejo de sus palabras, hasta que en el dos mil siete aquellos sueños comenzaron a hacerse realidad. Ese año viví mi primera experiencia real de abordar un crucero en el puerto de Buenos Aires con rumbo a Brasil. Fue mi bautismo de mar, una experiencia que me dejó una huella imborrable y despertó un deseo que todavía me acompaña, volver una y otra vez al encuentro del horizonte sobre el agua.
Desde luego, la madera de la fragata o el acero del Bahía Paraíso nada tenían que ver con estas embarcaciones modernas. Eran otros barcos, otras épocas, otras maneras de navegar. Sin embargo, me gustaba pensar que allá abajo seguía latiendo el mismo mar de siempre: inmenso, indomable, ajeno al paso del tiempo y a las transformaciones de los hombres.
Había llegado la hora de soltar amarras. Poco a poco la silueta de la ciudad comenzaba a desdibujarse en la distancia. Allí sentí por primera vez el balanceo rítmico del gigante de metal y ese viento limpio y salado que Oscar tantas veces me había descripto. Ahora comenzaba mi viaje, una travesía que se sentía como una continuación de la suya. Mientras él guardaba aquellos paisajes en recuerdos, yo apenas empezaba a escribir los míos sobre las mismas olas, transformando sus viejos relatos en mi presente.

Un gigante en el océano
Así descubrí la majestuosidad de los cruceros modernos: verdaderas ciudades sobre el agua, construciones capaces de desafiar la imaginación. Antes de embarcar, la perspectiva se me quebró por completo. Me encontré ahí abajo de pie sobre el cemento firme del muelle, contemplando un rascacielos de metal de veinte pisos de alto que había decidido acostarse en el océano. Mirar hacia lo alto producía una inevitable sensación de vértigo.

La fachada parecía una colmena simétrica de cientos de balcones de cristal
. Se extendía por más de trescientos metros de eslora (el equivalente a tres canchas de fútbol alineadas) albergando una masa humana de hasta cuatro mil almas sedientas de aventura. Todos asistidos por un ejército invisible de dos mil tripulantes, dedicados a hacer realidad cada capricho a bordo.

Crucé la pasarela de acceso y, apenas puse un pie adentro, sentí que atravesaba un portal hacia otra dimensión. Sin embargo, lejos de intimidarme, el ambiente me invitó a relajar los hombros, respirar profundo y dejarme llevar. Fue en ese instante cuando comprendí que estaba a punto de vivir un viaje muy diferente a los anteriores. Sería extraño estar en constante movimiento, entregarse al sueño cada noche en algún lugar y despertar en otra parte del mapa. A medida que el barco ganaba millas, descubrí que mi cuerpo se adaptaba al vaivén y a la oscilación pendular con una naturalidad inesperada, incluso placentera.
Encontrar mi cabina fue el primer desafío a bordo, una búsqueda del tesoro a escala gigante. Me interné por corredores interminables, enfrentándome a la simetría perfecta de las puertas que se sucedían como un parpadeo. Los pares estaban de un lado y los impares del otro; hacia la proa, no hacia la popa. Cada giro me llevaba a un pasillo idéntico al anterior. Todo cartel indicador era una pista y cada puerta un misterio por resolver. En lugar de desesperarme, la situación me divertía. Cuando por fin encontré el 9054, supe que el juego recién empezaba y abrí la puerta de la que sería mi habitación por las próximas semanas.
El camarote me recibió con la timidez de sus veinte metros cuadrados. Era un espacio pequeño, sí, pero tan bien aprovechado que los recovecos parecían esconder un secreto de diseño. Desde las repisas superiores hasta los ganchos de la pared estaban calculados para cumplir una función. En aquel diminuto universo convivían una cama angosta y un placard, dejando un espacio libre para un sofá pequeño y un mini escritorio que completaban el rincón. En el baño, el sitio se reducía al mínimo. Entrar en la bañera requería cierta destreza, mientras que una hilera de espejos intentaba multiplicar visualmente el ambiente. Pero la verdadera sorpresa era el sanitario: al accionar su descarga de agua, el ruido era tan intenso que parecía succionarte hacia las profundidades del océano. Mi sitio favorito fue sin dudas el balcón; un refugio de introspección donde me disolvía en mis propios pensamientos, buscando un momento de contemplación y soledad.
La vida diurna en cubierta
Durante el día, la vida a bordo se transformaba en un abanico inagotable de posibilidades. Mis mañanas a bordo transcurrían sin apuro, entregadas al placer de disfrutar cada instante. Después de un desayuno generoso con vista al mar, el cuerpo me exigía sacudir la pereza y ponerme en movimiento. Entonces subía hasta el piso quince para caminar por la pista de running. Había algo mágico en avanzar a paso firme mientras sentía el viento de frente. Allí, entre el cielo y el agua, hasta el ejercicio adquiría otro encanto. Después llegaba el momento de entregarme al descanso. Me sumergía en el hidromasaje y dejaba que las burbujas y la espuma disiparan cualquier tensión, mientras el tiempo parecía perder su importancia. Pero la quietud nunca duraba demasiado: siempre encontraba el momento para sumarme a alguna clase de yoga al aire libre o mover las caderas aprendiendo unos pasos básicos de salsa. Más tarde, el entretenimiento tomaba otro rumbo, al competir en las divertidas trivias que ponían a prueba mis conocimientos o bien participando de algún bingo en el salón principal.
Más allá del alboroto de las cubiertas, el barco también escondía rincones secretos que invitaban a descubrir otra forma de navegar. Me gustaba perderme por sus corredores que se extendían como avenidas, hasta encontrar la biblioteca de a bordo; un remanso de tranquilidad, con muebles de madera lustrada y sillones de cuero, donde flotaba una delicada combinación de aroma a papel y barniz. A través de los ojos de buey, el océano desfilaba lentamente como una película muda que nunca repetía la misma escena. Era el territorio de los viajeros solitarios, donde los sonidos eran apenas un susurro. Un espacio donde solo se escuchaban los tintineos de los dados en el tablero de un juego de mesa y el roce de las páginas de un libro al pasar.
Luego, a media tarde, me senté en un salón coqueto a tomar un café y me entregué al delicado arte de observar. Mientras saboreaba el expreso, me preguntaba cómo eran en realidad los pasajeros que elegían esta forma de viajar. No tardé en descubrir que un crucero albergaba una fauna humana fascinante: un microcosmos donde convivían desde los habitués de lino impecable hasta los hiperactivos que corrían con el itinerario en la mano; desde las mujeres con vestidos elegantes que olían a perfumes costosos (tal vez comprados en la tienda libre de impuestos) hasta quienes caminaban con un libro gordo bajo el brazo, esquivando el bullicio con la mirada fija en los ventanales. También estaban quienes estudiaban los mapas de las islas y ciudades que visitarían al día siguiente y las familias numerosas que viajaban juntas, con tres generaciones unidas por un mismo apellido. Entendí que cada uno vivía la travesía a su manera, con brújula propia, en busca de su forma particular de felicidad. Ahora me tocaba a mí descubrir cuál era la mía.
El sabor de navegar
Desayunar en la cubierta superior, con la brisa marina acariciándome el rostro y un autoservicio kilométrico frente a mis ojos, era solo el preludio de lo que me esperaba el resto del día. El buffet se extendía ante mí como un horizonte infinito de delicias. Las fuentes eran un despliegue de frutas exóticas talladas, dispuestas como auténticas esculturas comestibles. Las islas exhibían bandejas colosales de quesos maduros, masas hojaldradas y yogures griegos.
A la hora del almuerzo, la variedad era otra vez abrumadora. Un día podías optar por un salmón fresco y, al siguiente, tentarte con una hamburguesa gourmet junto a la piscina. No importaba la hora; siempre había una estación de pizzas artesanales o una tentadora selección de postres que parecían piezas de diseño listas para fotografiar. Los sabores, las texturas y los aromas se sucedían como una marea gastronómica que parecía no tener fin.
Pero el verdadero espectáculo comenzaba al caer la noche, cuando los comensales se vestían de gala para cenar en el restaurante principal. Los banquetes nocturnos eran un derroche de opulencia: se podían pedir dos, tres o cuantos platos se quisieran, desafiando la capacidad del cuerpo por el puro placer de la indulgencia.
Sentarse a la mesa era enfrentarse a un catálogo de sabores desconocidos y nombres enigmáticos. Por suerte, allí estaban Amol y Vishnú siempre dispuestos a ayudar con sus sonrisas amables y paciencia infinita. Estos camareros se convirtieron en los intérpretes perfectos: desmenuzaban cada plato extravagante y traducían esos nombres raros en aventuras culinarias que valían la pena probar.
Ambos habían llegado desde Mumbai, en la India, cargando a cuestas la nostalgia de haberse embarcado por seis largos meses sin ver a sus familias. Mientras ellos trabajaban en aquel universo de lujo y ostentación, los suyos continuaban con sus vidas lejos de allí, del otro lado del mundo. Amol era de contextura robusta, pero se movía con una agilidad asombrosa y una precisión admirable, fruto de esquivar mesas y bandejas a un ritmo frenético. Por su parte, Vishnú lucía una cabellera negra azabache, espesa y prolijamente peinada. Sus ojos oscuros y profundos parecían guardar la inmensidad del Índico.
Noche tras noche en la misma mesa, se generaba una conexión genuina. Compartir un chiste, un baile, una foto y mostrar interés por su cultura rompía el guion corporativo. Durante una de esas cenas, entre plato y plato, les pregunté por el significado de sus nombres y descubrí una hermosa paradoja: Vishnú significa “el protector” y Amol “el invaluable”. Aquella revelación le dio sentido a todo. Sin darse cuenta, con su amabilidad, le estaban haciendo honor a sus nombres.
¡Tierra a la vista!
En el mundo de los cruceros hay una regla de oro que aprendí enseguida: El barco no espera a nadie. El único horario que importaba era el de la embarcación; nunca debía guiarme por la hora local del puerto que estaba visitando. El menor descuido significaba la peor pesadilla de un crucerista: contemplar desde el muelle el barco alejarse en el mar.
Así fue como, sabiendo que las bajadas en los puertos eran breves y que había que optimizarlas al máximo, dibujé un mapa mental con los sitios que no podía perderme. Empezaba siempre por recorrer el centrito a pie, dejándome llevar entre las calles para captar el verdadero pulso del lugar. Allí compraba en un puesto regional algún imán que pegaría en la heladera o un llavero que terminaría olvidado en un cajón, solo para certificar mi paso por el destino. Después ponía rumbo a conocer algún hito importante, ese monumento, iglesia o mirador que sale en las postales y que no podía dejar de ver con mis propios ojos. Por último, antes de volver, me reservaba un instante de playa. Necesitaba palpar la arena, escuchar el mar y sentir la temperatura del agua.
La costa me regaló su magia. Nadar en esas aguas tan cálidas y cristalinas fue una caricia reconfortante. Frente a mí se extendía un degradé infinito de turquesas y azules brillantes sobre una arena blanca y fina como el azúcar glass. En la orilla, las palmeras se mecían al compás de la brisa dibujando sombras alargadas sobre la costa, ofreciéndome un refugio fresco del sol. Cuando llegó la hora de regresar, caminé hacia el muelle con el pelo impregnado de salitre, la arena todavía pegada a las piernas y un pareo nuevo entre mis pertenencias. Mientras me acercaba al barco, sentía que regresaba a ese hogar transitorio que me esperaba para continuar la travesía.

Luces, copas y acordes
La antesala de la noche ocurrió en la intimidad de mi camarote. Aunque la etiqueta de la embarcación pretendía imponernos una clásica velada de gala, decidí dejar de lado las exigencias del protocolo y elegí vestir un solero ligero, que parecía imitar el movimiento de las olas. Mientras el resto de los pasajeros caminaban solemnes entre vestidos largos y trajes formales, yo me movía con la comodidad de quien sabe que la verdadera elegancia no se rige por un manual de instrucciones.
Ya lista, fui directo al comedor central. Me senté a la mesa asignada y disfruté de un menú de cuatro tiempos. Comencé con una entrada de mariscos frescos, ideal para abrir el apetito. Luego una sopa crema de calabaza asada. Como principal, elegí un lomo braseado, que estaba en su punto justo de cocción. Y el gran final llegó cuando los mozos irrumpieron en el salón portando los omelettes surprise que fueron flameados en vivo, recreando un ritual clásico que cautivó la mirada de todos los presentes.
Al salir de cenar, el murmullo de la gente me condujo hacia el gran teatro. Subí a paso rápido los escalones alfombrados y me deslicé en la primera butaca disponible que encontré. Llegué justo a tiempo: las luces comenzaron a apagarse y esa magia tan particular que acompaña el inicio de cada espectáculo se apoderó de la sala. Lo que siguió fue un despliegue artístico internacional: acróbatas que volaban por el aire y musicales al mejor estilo Broadway (o al menos como siempre lo imaginé, ya que nunca estuve allí) que me dejó sin palabras.
Luego me acerqué a uno de los tantos bares a bordo y, al llegar mi turno, me abrí paso con sutileza entre la marea de gente hasta quedar frente a la barra. Allí, mientras observaba los movimientos ágiles del barman, me decidí por ordenar un gin tonic bien helado, burbujeante y con un perfume cítrico que se desprendía de la copa. Con el trago en la mano, busqué un lugar desde donde escuchar a un pianista que interpretaba en vivo los grandes clásicos de Elton John. La música, el cóctel y el ambiente componían una escena que habría querido prolongar y pensé: “¿Qué más se le podía pedir a una noche así?”
Nunca fui asidua al casino; solo pasaba por allí cuando el camino no me dejaba otra opción. En esas transiciones fugaces, fui testigo de un universo paralelo: mujeres añosas hipnotizadas por el rutilar de las maquinitas y hombres que desafiaban a la ruleta, entregando su dinero al designio del azar.
La noche llegaba a su fin cuando subí por el ascensor panorámico hasta el piso catorce. Al abrirse las puertas, descubrí que la terraza de la piscina se había transformado por completo en una vibrante pista de baile. El escenario, enmarcado por dos enormes pantallas de LED, cobraba vida al ritmo del DJ, dueño absoluto de la noche, que mantenía encendido el festejo con una selección musical cargada de buena energía. Era imposible no contagiarse ante una multitud que bailaba sin descanso. Así que abandoné mi papel de simple espectadora y me sumé a la fiesta, arriesgando algunos pasos
Cómo se siente una noche en alta mar
Una noche buscando un poco de aire fresco, salí a la cubierta y me recliné sobre la barandilla. El viento, helado y caprichoso, me envolvió de golpe, recorriendo mi ropa y agitándome el cabello sobre la cara. Bajo mis pies, la cubierta de madera brillaba, humedecida por el rocío.
Levanté la mirada y percibí que el entorno desafiaba cualquier lógica cotidiana. El horizonte se había desvanecido. Ya no existía una línea que separara el cielo del océano: ambos se fundían en una misma inmensidad oscura, un abismo sin principio ni final.
Las estrellas colmaban el infinito con una nitidez que jamás presencié. Eran como salpicaduras de óleo blanco y plata sobre un lienzo de terciopelo negro, tan cercanas y luminosas que me daban ganas de estirar las manos para rozarlas. Y allí estaba la luna, navegando silenciosa sobre nosotros como una compañera fiel, custodiando nuestro rumbo desde lo alto.
Fue en ese instante cuando tomé verdadera dimensión de dónde estaba. No había edificios, carreteras ni luces cercanas; tampoco tierra a la vista, ni una costa que ofreciera un refugio. Solo un barco avanzando en medio de la inmensidad.
Yo estaba allí, casi inmóvil, tiritando de frío, pero incapaz de apartarme de aquel espectáculo que me regalaba ese momento. Una extraña sensación me invadió: me sentía pequeña y, al mismo tiempo, extraordinariamente libre. Comprendí entonces que una noche en alta mar no se parecía a ninguna otra. Era descubrir que el mundo podía volverse inmenso cuando desaparecen los límites, que el silencio podía tener una voz y bastaba con detenerse frente a la oscuridad para sentirse más cerca de uno mismo.

“Me pregunté de qué estaba hecha mi felicidad en este viaje y el mar pareció susurrarme la respuesta”
Entendí que mi felicidad se encontraba en el asombro de lo desconocido: en probar un sabor nuevo o morder un bocado exótico cuyo nombre me resultaba impronunciable. Consistía en maravillarme al desembarcar en un rincón inexplorado, en descubrir que el mundo seguía siendo enorme y que siempre habría algo nuevo capaz de robarme el aliento. Ser feliz significaba bailar en esa pista del barco a medianoche, libre de las miradas ajenas. Danzar no por hacerlo bien, sino para sentir la música en las rodillas, en el pecho y en la sangre.
Esa felicidad también era descansar, disfrutar de esa hora sagrada en la reposera, sin hacer nada, contemplando el océano y dejando que el vaivén del mar me acunara. Pasaba, sobre todo, por la gente: por la brasileña que, sin hablar mi idioma me indicaba una calle; por la simpática viajera asiática que me sacaba una foto y por el señor inglés que me invitaba a bailar, aunque ambos tuviéramos dos pies izquierdos. Se trataba de conocer personas de distintas partes del mundo y entender, sin necesidad de decir demasiado, que en el fondo todos habíamos venido a buscar lo mismo.
No quería ser un solo tipo de pasajera; quería ser todas: paladar y ojos, pies que bailaban, cuerpo que descansaba y corazón que se abría. Quería vivir una experiencia de viaje en la que pudiera danzar con lo inesperado, asombrarme en la pausa y coincidir en otras miradas. Porque así, así nomás, fui feliz.




